Este post es muy viejo. Fue escrito muchos años antes de la existencia de este blog, y copiado sin mucha revisión. Fue escrito para una audiencia específica, en otra época.

Bueno, finalmente llegamos a Ecuador. El viaje no fue sencillo: empezamos con problemas cuando, estando en Carrasco todavía, quisimos sacarnos la sed. Nos cobraron ciento cuarenta pesos dos botellitas de agua. Son unos estafadores.

El problema principal del viaje es que no evaluamos que una cosa es un viaje nocturno cuando podés dormir, y otra cosa muy diferente es un viaje nocturno cuando tenés que viajar en tres aviones diferentes. La opción de dormir no era tan buena, porque sólo podías dormir un poquito antes de que el avión aterrizara. Otro asunto relacionado fue que la comida en el vuelo, dado que eran vuelos cortos, no era una cena propiamente dicha sino snacks y cosas así.

En Chile tuvimos una pausa de un par de horas, y aprovechamos para recorrer todo el aeropuerto. Cinco veces. No cambió demasiado desde que estuvimos ahí en el 2010, aunque ahora al menos parece estar entero. Excepto por las al menos 47 baldosas rotas que encontramos (no, no las contamos, están numeradas).

En Perú, como íbamos a estar mucho más rato, decidimos meternos en la sala VIP, lo cual nos permitió salir afuera. La sala VIP tiene un patio interior que está bueno porque es más ventilado. Excepto que Inés aprovechó para fumar como cuatro cajas de cigarros (igual tiene de sobra). Las salas VIP son caras, pero por lo menos sólo pagamos una entrada, aunque se supone que no podemos hablar de eso.

El último vuelo fue el más incómodo. Nos olvidamos de pedir cambio de asiento, entonces estábamos medio apretados (a Inés no le molesta tanto, porque no tiene patas tan largas). A diferencia del vuelo de Santiago a Lima, en este caso ni siquiera teníamos la ventaja de que el tercer asiento estuviera libre. Estaba ocupado por un adolescente medio pelotudo que se reía de los chistes de Sólo Para Reir (también teníamos uno así en el vuelo de Chile a Perú, sentado adelante). El niño este me interrumpió mi lectura durante el aterrizaje para decirme que tenía que apagar el Kindle. Están todos locos. El cacho de lata voladora ese es una maravilla de la ingeniería moderna. Si me vas a decir que se va a caer y vamos a morir todos porque alguien está leyendo un Kindle tenés que venirme con un buen argumento.

Llegamos a Quito como a las ocho de la mañana. Nos tomamos un taxi y vinimos para el hotel. El taxi nos costó siete dólares, y esa es la tarifa cara saliendo del aeropuerto. Qué casualidad, lo mismo que el agua en el aeropuerto de Montevideo. En el hotel evidentemente no tenían lista la habitación. Es de esperarse, no es normal que los huéspedes lleguen a las nueve y media de la mañana. Salimos entonces a dar una vuelta por la zona, que estaba totalmente despoblada (domingo de mañana), y después volvimos y nos sentamos en el hotel un rato a hacer nada mientras terminaban con la habitación. Al final a eso de diez y media hicimos el check in, y subimos a la habitación a pelear un rato contra las ganas de colapsar de sueño. Ganamos esa batalla y nos fuimos a pasear por el centro histórico.

En el centro histórico la verdad es que no encontramos demasiada cosa muy interesante. La Iglesia de la Compañía estaba muy buena, sí, pero es casi que lo único a lo que pudimos entrar. También en un centro cultural o algo así había una exposición de fotografía que estaba bastante buena, pero lamentablemente las descripciones de las fotos tenían una falta de contexto brutal. Capaz que eran clarísimas para alguien que conozca en detalle la historia reciente ecuatoriana, pero nosotros nos quedamos con ganas de tener más contexto para cada foto. Al palacio de gobierno no pudimos entrar. Siempre había una cola enorme y no se movía, así que decidimos dejarla para otro momento.

Una cosa particular de Quito son los vendedores ambulantes. Está lleno. Constantemente te están ofreciendo cosas y comida y de todo. Es como ir a un sitio porno sin adblock.

Almorzamos ahí en el centro histórico. Comimos ceviche de camarones. Era rico, pero el gusto es muy particular y saturaba fácil. Además, deberíamos haber pedido algo de comida caliente.

Paseamos un poco más por la zona y luego nos volvimos al hotel a dormir una siesta, que la estábamos necesitando.

Después de la siesta salimos a pasear un poco más por la zona, que de noche se puebla bastante más. Esta es la zona más turística (en cuanto cantidad de turistas, al menos) de la ciudad. Es más fácil escuchar gente hablando en inglés que en español.

Cenamos en un restaurant que tenía precios casi como los de Montevideo. Esta vez sí, comida caliente, y bastante más aceptable para el paladar. Comimos unas brochettes, de pollo y de pulpo. Muy buenas.

Para mañana el plan es ir a la Mitad del Mundo, y ver las distintas opciones que se pelean por ser el punto exacto por donde pasa el Ecuador.