Este post es muy viejo. Fue escrito muchos años antes de la existencia de este blog, y copiado sin mucha revisión. Fue escrito para una audiencia específica, en otra época.

Nos despertamos a las seis menos cuarto de la mañana y salimos para Mompiche. “Para Mompiche” es una forma de decir. El viaje fue de lo más indirecto que he visto.

Salimos seis y media de Mindo. El plan original era hacer Mindo -> Los Bancos -> Santo Domingo -> Mompiche. Desde Mindo podíamos ir directo a Santo Domingo, pero nos iba a llevar más tiempo. En cuanto nos subimos al ómnibus decidimos que estábamos demasiado cansados como para hacer transbordos extra, así que compramos pasaje a Santo Domingo.

Algo característico de los ómnibus en esta zona del mundo son los vendedores ambulantes. Acá no suben a venderte caramelos, o la pomada milagrosa. O, más bien, sí suben, pero esos son la minoría. Acá te venden el almuerzo. Se suben con bandejas enormes con platos de comida, o empanadas calentitas, y atrás de ellos vienen con el postre: helados, ensaladas de frutas. Y suben en malón, de a diez, de repente, cuando para el ómnibus en un pueblo medio grande. Nada de venir de a uno.

Llegamos a Santo Domingo a eso de las diez y media. Cuando me bajé del ómnibus no veía a Inés por ningún lado. Debería haber bajado directamente atrás mío, pero no había pasado, y el ómnibus ya estaba a media cuadra de distancia. Al final la veo bajar del ómnibus. Resulta que el conductor nos había pedido que esperáramos, porque tenía que mover el ómnibus de apuro. Yo no lo escuché, y me mandé. Inés esperó.

De Santo Domingo no hay (o no encontramos, más bien) ómnibus directo a Mompiche. Nos habían dicho que iba a haber, pero sólo encontramos a Pedernales. No importa, de Pedernales vamos directo a Mompiche, nos dijeron.

Llegamos a Pedernales a las… bueno, no sé, en cierto momento perdí la noción de la hora que era. Pero pongámosle la una. Preguntamos, y nos dicen “el bus amarillo ese va a Mompiche”. Preguntamos, y nos dicen que sí. Que va a Mompiche. Y luego nos aclaran que en realidad va a Cachanga, y de ahí podemos tomar otro a Mompiche.

En el ómnibus hacia Cachanga nos entran a dar versiones encontradas. Que nos bajemos en Cachanga. Que ya pasamos Mompiche. Que nos bajemos ahora y tomemos otro para atrás. Al final resulta que no nos habíamos pasado.

Pero ta, llegamos a Cachanga, y preguntamos de nuevo. Que sí, que el ómnibus a Mompiche para ahí enfrente, y pasa a las tres. Son tres menos diez a todo esto, así que cruzamos y esperamos. A esa altura ya nos está pegando el hambre, pero la prioridad es llegar.

Después de una hora más de viaje, más o menos, nos dicen que ya llegamos. Bajamos, nos dice el guarda “por ahí se va a Mompiche”, y señala una calle larga que parece perderse entre los árboles. En la esquina, una parada de ómnibus con cuatro evidentes turistas esperando. Nos acercamos y preguntamos. Mompiche está a diez kilómetros por esa ruta. Ellos son unos argentinos que están haciendo dedo, a ver si alguien los levanta. Creen que hay un ómnibus que pasa para Mompiche. ¿Mencioné que estaba lloviznando?

Después de una media hora más, y varios conductores que ignoraron a los argentinos, pasa un ómnibus, que dice ir a Mompiche. Y finalmente, este sí nos deja en Mompiche mismo.

Pedimos orientación para llegar al hotel, llegamos, y nos fuimos a almorzar. Estábamos sin comer desde que nos levantamos, y hacía casi once horas de eso.

Después de almorzar paseamos un poco por el pueblo. El pueblo parece tener una onda Punta del Diablo, pero acá es verano todo el año. Volvimos al hotel y nos recostamos un rato, muertos de cansancio. Estuvimos un rato leyendo, e Inés se quedó dormida. Yo me vine a escribir el mail, y ahora tengo al gato del hotel subido encima mío mientras tecleo. Y todavía se queja cuando le dejo de hacer mimos. Es increíble.

Bueno, el plan para mañana es hacer nada. Ir a la playa, descansar, esas cosas. Y ta, así por dos días. El lunes nos volvemos a Quito, si podemos y no se complica tanto como venir para acá, y de ahí el martes para Cuyabeno.