Este post es muy viejo. Fue escrito muchos años antes de la existencia de este blog, y copiado sin mucha revisión. Fue escrito para una audiencia específica, en otra época.

Hoy nos despertamos a las cinco y media de la mañana. Terminamos de ordenar las cosas que nos habían quedado medio desordenadas e hicimos checkout. El plan era caminar un par de cuadras, tomarnos el ómnibus que nos dejaba en la estación de MetroBus, para luego ir hasta el destino del mismo, que es la estación La Ofelia, y de ahí tomarnos el ómnibus a Mindo. Llegamos a la parada del primer ómnibus y resulta que era una parada de taxis también, y nos cobraban cinco dólares por llevarnos hasta La Ofelia, así que decidimos ponernos gastadores y fuimos en taxi. La ventaja es que es cómodo. La desventaja es que en lugar de una hora y media de viaje pusimos menos de media hora. Llegamos a las seis y media a La Ofelia. El ómnibus a Mindo salía a las ocho. Así que nos aburrimos un rato. Bastantes taxistas nos ofrecieron llevarnos hasta Mindo, por precios entre los treinta y cinco y cincuenta dólares. No es tan caro, si uno lo piensa, pero el tiempo de viaje es más o menos el mismo, y te toca estar encerrado con un taxista durante dos horas. Puede igual servir en caso de perder el ómnibus (aunque hay uno a las nueve, al final).

El viaje a Mindo fue tranquilo. Otra vez por el medio de las montañas, pero al ser en un ómnibus grande afecta mucho menos al estómago que yendo en una camioneta chiquita.

Llegamos a Mindo alrededor de las diez y media, o capaz que un poco antes. Fuimos derecho al hotel que habíamos reservado, y la verdad que es re lindo. Parece ser (por los pocos carteles que ví en la vuelta) que es de los más baratos. Igual acá en Mindo la mitad de las casas son hostales. Parecería que cualquiera que tiene una casa con dos pisos (que son casi todas) dice “ya sé, voy a poner un hostal”. La cosa es que parece que todos funcionan. Gente hay. En nuestro hotel la gente que te atiende son re bien y re simpáticos, pero hay que tenerles paciencia. Inés les pidió agua caliente y le calentaron agua y se la usaron para lavarle el termo.

Después de establecernos salimos a explorar. El pueblo es chiquito, y en el pueblo mismo no hay mucha cosa que ver. Hostales, sí, por todos lados, y restaurantes, y un par de puestitos de artesanías. Lo interesante es lo que está afuera. Canopy (tirarse en un cable entre los árboles), tubing (una llanta de auto inflada, te metés adentro, y te tirás por el río), mirar mariposas, mirar pajaritos, y varias otras cosas por el estilo. Nos dijeron en el hotel un par de instrucciones de para dónde ir, y arrancamos.

En el camino nos encontramos con una casita perdida en el medio de la nada que pertenecía a un tipo cuyo acento no pudimos ubicar que hacía unas artesanías re lindas. Inés estuvo mirando un rato y seguimos viaje.

Encontramos en el camino varios lugares donde comprar tickets para las diversas actividades. En una bifurcación elegimos el camino más divertido (el que era más lleno de vegetación) y resultó obviamente no ser el correcto. Terminaba en un arroyito que tenía un puentecito de lata ondulada con unas tablas de madera arriba. Sobre el puentecito había una joven con un perrito re chiquitito, quien al ver a Inés exclamó “¡Mate! ¡Qué rico! Me vas a convidar, ¿verdad?” (fue la joven la que dijo esto, no el perrito; al perrito sólo le interesaban los mimos). Resultó ser una argentina que, obviamente, pensó que éramos también argentinos. Nos aconsejó que nos bañáramos en el río, ya que hoy es luna llena, y siguió su camino con su perrito. Cuando volvimos nos la encontramos oliendo las flores.

Volvimos al camino correcto y empezamos a subir. La cosa es que desde Mindo parece que todos los caminos suben. Eventualmente vimos un cartel que decía “Canopy a 1400 mts”. Al rato, uno que decía Canopy a 1300 metros. Luego 1000 metros, y ahí paramos, porque se estaba poniendo empinado el camino. Mientras estábamos etratando de decidir si íbamos a hacer la subida o no, pasó un tipo corriendo, nos dijo “buen día”, y siguió. Decidimos entonces que si ese tipo podía subir corriendo nosotros podíamos subir caminando.

Seguimos caminando, y unos quinientos metros después del cartel de que faltaban mil metros nos encontramos con el que decía que faltaban 900 metros. Cien metros más, faltaban 800, y cien más y faltaban 500 metros. Después 350, después 400, después 200, 30, 200 de vuelta, y finalmente llegamos. Subimos alegremente los últimos metros, y nos encontramos con un cartel que indicaba que el lugar había sido clausurado por el ministerio de turismo.

Emprendimos el descenso, y ahí notamos que había un cartel que indicaba que había otro lugar a ochenta metros. Y otro a dos kilómetros, pero ese no nos pareció que estuviera tan cerca. Así que caminamos los doscientos metros que nos separaban del que estaba a ochenta metros, y llegamos al lugar. Este estaba abierto, y había un grupo enorme de gente. Los miramos tirarse y nos gustó la idea, así que decidimos probar. Mientras esperábamos, entraron a caer otras personas, todos en vehículos motorizados. Aparentemente somos los únicos que vamos con tracción a sangre.

El Canopy funciona así: te ponen un arnés que te engancha las piernas y la cadera y luego tiene un gancho que engancha en una polea, y otro de seguridad que engancha en el cable directamente. Además de esto tenés un casco y guantes bien gruesos, con un bloque de algo que puede ser una goma bien dura o cuero. Te subís a una plataforma y los guías te enganchan, primero el gancho de seguridad, después desenganchan la polea, la colocan en el cable de acero, y luego te vuelven a enganchar la polea, y te tirás para el otro lado. Luego de eso tenés que subir unos metros al siguiente punto, donde te volvés a tirar de nuevo. Durante esta caminata tenés los ganchos colgando del arnés cual testículos de acero. Nosotros hicimos el tour completo, que son trece cables. Hay algunos más cortos, de tres y de dos, pero la verdad es que vale la pena el completo. Como no queríamos que la cámara de fotos terminara en el fondo del valle, decidimos no llevarla. Fue un error. Tendríamos que haberla llevado. La consecuencia es que, lamentablemente, no tenemos fotos.

Cuando terminamos (posiblemente una hora, aunque no medimos demasiado el tiempo) estábamos considerando bajar caminando de nuevo cuando unos alemanes nos ofrecieron compartir un taxi. Los taxis acá son camionetas, y el viaje salía cuatro dólares para todo el grupo. Mientras esperábamos que llegara el taxi, notamos que otro grupo que había ahí (tres gringas quinceañeras guiadas por una ecuatoriana de unos cuarenta años) parecía tener problemas con su auto. Aparentemente se les murió la batería. Cuando vino nuestro taxi entonces tuvimos que esperar a que intentaran revivirlo. Finalmente no pudieron, así que terminamos yendo los ocho en el taxi con la batería muerta, que iban a intentar cambiar en un pueblito cercano más grande.

Una vez de nuevo en el pueblo fuimos a comer. Decidimos comer algo liviano, y pedimos una trucha al ajillo. Por supuesto, resultó ser menos liviano de lo que pensábamos. El plato era la trucha entera, y venía con ensalada, bananas aplastadas (aparentemente se llaman patacones, pero valen más que su homónimo argentino), y arroz. Era un montón impresionante de comida. El plato era enorme, y el arroz te lo tenían que servir aparte porque no entraba.

Después de comer compramos agua y nos fuimos al hotel a bañarnos y dormir una siesta. Ese era el plan, pero nunca llegamos a bañarnos. Colapsamos en la cama y nos dormimos, por más que el gallo del vecino intentara impedirlo. Cuando nos despertamos yo tenía un dolor de cabeza impresionante, resultado de (creemos) deshidratación. Salimos a comprar más agua, y ahí Inés, con su sexto sentido infalible encontró puestos de artesanías.

Volviendo al hotel nos encontramos con un perrito re simpático, al que inmediatamente le caímos bien, y nos babeó mucho. Una colombiana que estaba ahí vino, nos empezó a hablar, se presentó, nos saludó con un abrazo, y nos dijo que visitáramos Colombia.

Finalmente nos bañamos en el hotel y salimos a dar una vuelta para ver qué hay de noche, pero no hay mucho. En algún lugar hay una fiesta, porque se escuchaba la música, pero en general sólo restaurantes y nada más.

Ahora nos vamos a ir a dormir, y el plan es mañana ver si hacemos algún tour que nos lleven a lo del tubing, a ver las cataratas, las mariposas, etcétera.