Capítulo 2: en el que Inés es perseguida por una banana

Nacho - - Tiempo de lectura 8 mins

Serie: Nacho e Inés en Ecuador

Este post es muy viejo. Fue escrito muchos años antes de la existencia de este blog, y copiado sin mucha revisión. Fue escrito para una audiencia específica, en otra época.

Hoy nos despertamos bien tempranito. No por voluntad propia, sino porque entraba luz y todavía en parte estamos en el horario de Uruguay. Acá amanece a las seis de la mañana, así que a esa hora ya te está entrando luz por la ventana y cuesta seguir durmiendo. Aparte de que es mucha luz, y parece bastante más tarde de lo que realmente es.

El plan para el día (luego de la charla por Skype con mis padres) era ir a Mitad del Mundo. Para eso nos dirigimos a la parada que nos habían indicado, en la que supuestamente pasaba un ómnibus que nos iba a llevar directo hasta allá. Llegamos a la esquina, y no había ninguna señalización, así que preguntamos a un hombre que pasaba, que nos dijo (luego de consultar por teléfono) que no, que teníamos que caminar como cinco cuadras en una dirección y hacer trasbordo, o caminar ocho cuadras en otra dirección para agarrar un directo. Nos rehusamos a creerle, y le preguntamos a unas mujeres que estaban ahí (la esquina sí era una parada de ómnibus, aunque no señalizada). Resultó que ellas iban para ahí, así que simplemente las seguimos.

El viaje en ómnibus acá es pintoresco. Para empezar, el ómnibus decidió no parar, y tuvimos que correrlo cruzando la calle. Lo alcanzamos, y subimos detrás de nuestras improvisadas guías. Que subieron por la parte de atrás. Aparentemente eso es normal acá. También es normal subirse y sentarse. No te preocupes por el boleto, ya te van a venir a cobrar. Y cuando vienen y te cobran, no te dan nada que demuestre que pagaste. Ni idea de cómo saben quién pagó y quién no. Evidentemente no da el presupuesto para imprimir boletos, cuando el ómnibus cuesta sólo veinticinco centavos.

El viaje no era directo, tampoco. Tuvimos que hacer un trasbordo en algún lugar remoto de Quito. Nunca sabremos dónde fue. Nuevamente volvimos a subir tras nuestras guías, otra vez por la puerta de atrás. Durante este segundo tramo Inés volvió a ser interrogada respecto al mate. Acá no están muy acostumbrados a ver gente tomando mate por la calle, evidentemente. Más adelante también incluso le preguntaron si no era ilegal. Tampoco se imaginan demasiado cómo es vivir sin montañas, a juzgar por la cara que pusieron cuando les comentamos que Uruguay es prácticamente plano.

Finalmente llegamos y entramos a pasear. Mitad del Mundo es un complejo turístico con un montón de cosas de artesanías y una raya amarilla que lo atraviesa. Supuestamente la raya marca por dónde pasa el ecuador, pero lo cierto es que, al menos según el GPS de mi teléfono, tiene como siete segundos mal la cosa. Igualmente el museo es lindo de ver, y hay muchas artesanías lindas. También hay un lugar con insectos enormes. Tenían escarabajos del tamaño de un puño. Re lindos, pero espero no encontrármelos en la cama cuando me vaya a acostar.

Ya llegando el mediodía estábamos cansados de tanto caminar (la falta de aire nos sigue afectando) y bastante hambrientos, así que fuimos a comer algo. Nos ofrecieron el menú en inglés. Parece que tenemos mucha cara de gringos, porque constantemente piensan que no hablamos español. Puede ser que nuestro español no sea de lo más correcto, pero nos hacemos entender.

La comida estaba rica, aunque tenía bananas. A mí me encantan, pero Inés no es muy fanática. Y bueno, no se esperaba que tuvieran bananas cuando lo que pidió fue un pescado a la plancha. El tema es que acá todo tiene banana. Toda la comida tiene bananas. Todas las casas tienen bananas. Los hoteles, los museos, lo que sea. Hay bananas por todos lados.

Después de comer quisimos ir a un tour a un volcán cercano, que supuestamente se podía contratar en un local ahí mismo dentro del complejo turístico. Tenían un cartel que decía que el próximo tour era a las dos de la tarde. Pues nunca abrieron. Entre las doce (inmediatamente antes de comer) y las dos de la tarde pasamos varias veces por ahí, y nunca había nadie. Al final nos rendimos y decidimos ir al otro museo de la zona.

El otro museo es el museo de Inti Ñan. Su principal atractivo es que dicen que es el verdadero lugar por donde pasa el ecuador, y que eso está verificado por “GPS”. Lo dice así, con comillas y todo. Supongo que lo de las comillas es porque si agarrás y usás el GPS de verdad para fijarte te das cuenta que la raya en el piso (que es roja esta vez) sigue estando demasiado al sur, aunque ya se acerca más.

Igual tienen un montón de “experimentos” que te muestran y explican cómo sólo son posibles en la línea exacta del ecuador. Si los mirás en detalle, son todos una estafa, pero es divertido ver e intentar adivinar cómo funcionan exactamente. Eso, y la cara de asombro de la gente. También podés parar un huevo en un clavo, aunque a algunos nos sale mejor que a otros.

Además de esos experimentos hay bastantes cosas interesantes sobre los indígenas y otras cosas. Vale la pena. Luego del tour te quieren vender artesanías, y te dan un certificado por haber parado el huevo.

Decidimos entonces volver a Quito. Caminamos de vuelta hasta la entrada del complejo principal, y ahí un tipo se acercó a hablarnos. Nos explicó qué ómnibus tomarnos, y nos ofreció hacernos el tour del volcán. No nos generó la suficiente confianza como para aceptar, y creo que hicimos bien. Aún si no quisiera matarnos, dado el resultado del ómnibus que nos recomendó no creo que sus habilidades para no perdernos en el medio del volcán fueran adecuadas.

El ómnibus de la vuelta se llenó de gente a niveles montevideanos. Por suerte lo agarramos relativamente al principio,y todavía había asientos. Después se convirtió en el 468, vendedores ambulantes incluídos (que esos sí no parecen subir nunca por la puerta de atrás).

Cuando el ómnibus llegó a destino empezamos a darnos cuenta de que no estábamos en la zona en la que se suponía debíamos estar. No parecía tampoco ser una zona demasiado amigable.

Por suerte no éramos los únicos turistas obvios que se bajaron del ómnibus. Una pareja de franceses parecían igual de desconcertados que nosotros, así que me acerqué y les pregunté si iban a la zona de la Mariscala, que es el barrio donde están todos los turistas, y que si sabían cómo llegar. Dijeron que sí, que iban para el mismo lado que nosotros, pero que no, no tenían idea de cómo llegar. Nos dijeron que habían visto una estación de EcoVía (una serie de ómnibus que conectan estaciones cerradas a lo largo de Quito) a pocas cuadras, así que para allí fuimos, con la idea de transbordar como fuera necesario.

Finalmente encontramos la estación de EcoVía, e intentamos comunicarnos con los locales para saber cómo llegar al hotel. Un guardia de seguridad intentó, con toda la buena voluntad, explicarnos cómo llegar. Desgraciadamente, su inglés era inexistente, y no logramos comunicarle de ninguna manera que hablábamos español. La conversación entonces consistía en él intentando explicarnos por señas, y nosotros preguntando en español. Finalmente se sumó una mujer que nos dijo claramente que teníamos que ir una parada, hacer trasbordo al R19, y luego bajarnos en Plaza Artigas, que era a pocas cuadras del hotel.

Fuimos a la siguiente parada de la EcoVía, y volvimos a preguntar, por las dudas. Nos dijeron que sí, que nos tomáramos el R18. El R19 no parecía existir, de acuerdo a los carteles. Esperamos un rato y ahí apareció el R19, y paró donde el R18 debería parar. Nos subimos, y fuimos hasta que los franceses reconocieron la zona. Ahí nos bajamos y caminamos. Capaz que podíamos seguir un poco más, pero decidimos confiar en los franceses. Al menos ellos sí entendían que nosotros hablábamos español, aunque ellos no pudieran comunicarse con nosotros en esa lengua.

Al final llegamos al hotel (previa parada a comprar agua y shampoo, lo cual resultó más complicado de lo que suena), y ahí Inés recibió un mensaje de Aimee, su ex jefa, que es ecuatoriana y que supuestamente no estaba en Ecuador, pero al final sí estaba. Cuando finalmente llegamos a comunicarnos con ella nos dijo que nos pasaba a buscar y nos llevaba a pasear.

Así que ahí nos fuimos al Panecillo, que es como doscientos metros más alto que el resto de Quito. Porque parece que no les basta con dos mil ochocientos metros. En la punta hay una virgen con unas alas enormes, y hay terrible vista de toda la ciudad.

De ahí nos fuimos a cenar, y Aimee nos llevó a un lugar chiquito re lindo, también con una excelente vista desde un mirador.

Para mañana el plan es… bueno, no sabemos bien. Sólo que nos pasa a buscar Aimee de mañana temprano, y ahí vemos. Capaz que vamos a Otavalo, o capaz que no. Ya veremos.