Capitulo 12: Después del cual nos dejamos de spammear.
Serie: Nacho e Inés en Ecuador
Este post es muy viejo. Fue escrito muchos años antes de la existencia de este blog, y copiado sin mucha revisión. Fue escrito para una audiencia específica, en otra época.
Ayer nos despertamos a las ocho para desayunar. Yo en realidad me levanté un poco antes, porque tenía la intención de una última zambullida en el río. Cuando me asomé a la ventana ví que había tres canoas – la de remos y dos a motor: una para llevarnos a nosotros, y la otra para llevar a los nuevos a hacer el paseo del shaman. Tantas canoas bloqueaban totalmente el acceso al río, así que volví a la cama y me tiré a leer.
Después de desayunar terminamos de acomodar todas las cosas y nos fuimos a tirar en las hamacas paraguayas. En teoría salíamos a las diez y media, pero nueve y media nos empezaron a llamar, y apuraron a Gunther y a Luca que todavía estaban en la habitación ordenando.
En el viaje de vuelta logramos ver dos animales que no habíamos visto. Uno era un perezoso (creemos), y se juntaron tres canoas alrededor del pobre bicho que estaba colgado de un árbol. En total éramos treinta personas para sólo un animalito.
Al rato vimos una anaconda. De nuevo se acumularon canoas alrededor, pero sólo dos esta vez. Aunque cuando nos fuimos venía otra atrás.
El resto del viaje en canoa fue bastante aburrido, porque ya no había mucha cosa nueva para ver. La vista igual seguía siendo impresionante.
Llegamos al puente y cambiamos a una camioneta que nos iba a llevar hasta el aeropuerto. Durante el viaje Gunther practicaba su español con Carlos, el conductor, que parecía creer que gritando iba a ser más fácil que Gunther le entendiera. Cuando se trababan interveníamos para traducir un poco.
A mitad del camino más o menos paramos para almorzar. Arroz, porotos, pollo, y ensalada. Todo muy rico, excepto que la ensalada estaba caliente por el viaje, y no era lo mejor. A Inés no le gustó el pollo porque le tocó pechuga y no se avivó de cambiármelo.
Llegamos al aeropuerto demasiado temprano. Serían como dos y media, y el vuelo salía cinco y diez. El aeropuerto estaba casi vacío. No había nadie en los puestos de check in. Después de esperar un rato aparecieron, hicimos check in, y nos sentamos a esperar a que apareciera alguien en la entrada a la sala de embarque. El aeropuerto es re chiquito. Lo único peor que estar clavado en un aeropuerto es estar clavado en un aeropuerto chico. Había sólo una tiendita, que tenía bebidas, helados, y unos souvenirs horribles. Al final entramos, y nos sentamos de nuevo a esperar que llegara el avión. Era el único vuelo, creo que del día, así que todos los que estaban iban al avión.
El vuelo en sí fue otro saltito de media hora, nada más. Una vez llegados a Quito nos despedimos de Gunther y Luca, con quienes ya intercambiamos direcciones de email para compartir fotos, y nos vinimos al hotel.
En el hotel el padre de Aimee nos trajo la mochila, y salimos a cenar. Fuimos a un local que decía “vinos y tapas”. Era medio caro, pero funcionaba así: te iban trayendo comida, todo lo que pudieras comer. Y todo lo que pudieras tomar de vino. Los diferentes precios eran las diferentes categorías de vinos que tenían. Tomamos y comimos hasta que no podíamos más, y nos volvimos a dormir, con toda la intención de despertarnos tarde.
No funcionó mucho. A las ocho estábamos en pié, bañados, y bajando a desayunar. Después de eso fuimos a hacer algunas últimas compras esenciales (como chocolates, por ejemplo), y volvimos a ordenar todas las cosas. Inés, con ese radar que tiene, encontró otra feria artesanal.
Hicimos el check out, pagamos, y dejamos las mochilas archivadas en el hotel, y ahora estamos medio sin mucho para hacer, porque no nos da el tiempo para hacer demasiado. Pensamos salir para el aeropuerto a las cinco, y son doce y media. Tenemos que almorzar en algún momento, y pensamos pasar por el local de los chocolates a comer algo de eso que tienen preparado.
Y bueno, creo que eso es básicamente todo. Vamos a estar en Montevideo en 21 horas.