Capítulo 10: En el que un pequeño simio llamado Nacho conoce a un simio grande llamado Nacho
Serie: Nacho e Inés en Ecuador
Este post es muy viejo. Fue escrito muchos años antes de la existencia de este blog, y copiado sin mucha revisión. Fue escrito para una audiencia específica, en otra época.
No sabemos cuándo vamos a mandar esto. Hoy es miércoles. Estamos desde ayer en la reserva de Cuyabeno, y acá obviamente no hay internet. Apenas hay electricidad.
Igual vamos a empezar el cuento desde un poco más atrás. Después de mandar el capítulo anterior nos fuimos a cenar con Andrés Aguilar, que es un jugador ecuatoriano de go. Nos llevó a comer tamales y otras cosas de las que no nos acordamos los nombres. Después nos fuimos a tomar unos tés y cafés.
A la mañana siguiente nos levantamos bien temprano, hicimos el checkout, y nos fuimos al aeropuerto. Inés quiso desayunar, lo que no es común. Resultó ser una excelente idea, porque íbamos a tardar un buen rato en almorzar, sólo que no lo sabíamos. El vuelo a Lago Agrio lleva sólo media hora. Más que un vuelo es un salto. Apenas termina de subir ya te dicen que están iniciando el descenso.
Llegamos a Lago Agrio, y nos pusimos los pegotines que nos mandaron para que nos reconocieran los guías. Salimos del aeropuerto y nos encontramos con el grupo. El dueño del lugar se llama Kurt. Es nacido en Ecuador, hijo de alemanes. Estaba también Sebastián, que es el empleado nuevo del lugar. Ayer fue su primer día trabajando acá. Además de ellos y nosotros dos había otras dos personas: Gunther, un alemán (parece obvio, ¿no?), y su hijo Luca, que no me queda claro si es italiano o francés o qué. Entre ellos hablan francés, pero creo que él nació en Italia. Vive en Francia con su madre. Y los envidiamos mucho porque el año pasado se fueron de vacaciones a Namibia.
Esperamos un rato y nos subimos al ómnibus, que nos llevó durante dos horas a la entrada a la reserva. En el ómnibus había dos o tres parejas más, unos españoles, unos rusos, y no me acuerdo si había alguien más. Ellos igual no venían para el mismo lodge que nosotros.
Después de bajarnos del ómnibus tuvimos que esperar a que llegaran las lanchas que nos iban a llevar hasta nuestros respectivos alojamientos. Había varios grupos esperando, de los cuales el nuestro era el más chico. El más grande era de como quince niños de no más de doce años, acompañados de dos adultos. No los envidio.
Finalmente llegaron las canoas (que así le dicen a las lanchas, porque tienen forma de canoa, pero si tiene motor es lancha, no me vengan con cosas raras), cargamos las cosas, y salimos. Otros grupos parecían tener más apuro. Nosotros íbamos a un paso lento, mirando arbolitos, plantitas, pajaritos, monitos, etc. En un momento nos cruzamos con un montón de monitos cruzando el río. Su procedimiento era sencillo: subirse a un árbol, saltar a la rama de otro árbol que estaba del otro lado. Todos hacían lo mismo. Aparentemente si uno puede, los demás asumen que es seguro y van y lo siguen. Inés y su memoria de Trivia dice que esos monitos tenían entre 25 y 30 centímetros.
En el medio del viaje paramos para comer, y comimos unos sanduches (acá en Ecuador se escribe así) de jamón y queso. Bah, más bien, unos de jamón y otros de queso. La innovación del jamón y queso no parece haber llegado a estas zonas.
Finalmente llegamos al lodge. Es re lindo. Hay dos torres, pero no sabemos mucho de la torre 2. Creo que hay fantasmas. Nosotros estamos en la torre uno, en el tercer piso. Que es el segundo, porque la planta baja acá se llama primer piso. El cuarto piso está vacío, y en el segundo están el alemán y su hijo. Más atrás está la cocina, y las habitaciones de la gente que vive acá, y un lugar abierto para mirar las estrellas.
Después de llegar nos acomodamos un poco, nos dieron yuca frita (es una raíz) y salimos a ver la puesta del sol en una laguna cercana. La vista es impresionante. Lamentablemente no se nos ocurrió ponernos traje de baño, porque estaba re lindo para nadar.
Volvimos y cenamos. El cocinero de acá es increíble. Le dicen Conejito, porque se parece al conejo de Alicia en el País de las Maravillas. Y se parece en serio. Cocina que es impresionante. Logró que Inés tomara sopa y le gustara.
Después de cenar, a dormir, porque tampoco hay demasiado que hacer de noche. A lo que no hay internet, ni luz, ni se puede salir mucho… Primero una ducha, por supuesto.
Dormimos como diez horas. Eso siempre es algo bueno. Hoy nos despertamos y a las ocho desayunamos. De nuevo poco común para Inés, pero de nuevo resultó ser una buena idea.
Después del desayuno nos fuimos a visitar a la comunidad indígena de la zona. Parece que viven separados los viejos de los jóvenes. No puedo evitar pensar en la sabiduría de tal arreglo.
Primero visitamos el área de los viejos, donde estaba el shamán. Nos estuvo contando de cómo decidió ser shamán, y de su experiencia con la droga alucinógena que usa. El guía, Kurt, traducía para los alemanes y editorializaba para los latinos. A nosotros nos resultó un poco irrespetuoso. El shamán tiene sus creencias y sus rituales, que pueden ser todo lo supersticiosos que queramos, pero si el tipo te recibe en su casa y te muestra sus ceremonias, podés esperar a salir del lugar para decirles a los demás que es todo superstición.
El shamán hizo una ceremonia de ejemplo, usando de voluntario a Luca. No parece haberle encontrado nada. Igualmente parece que si te encuentra algo medio grave tiene que de noche intentar curarlo durante el trance inducido por los alucinógenos, y puede demorar de diez a doce días en solucionarse. Mientras tanto, podés comprar artesanías que hace la hija.
Luego de eso hicimos una caminata por el medio de la selva. Por suerte teníamos botas, por incómodas que le queden a Inés, porque de a ratos el barro llegaba muy arriba. Otra cosa muy buena fue llevar repelente. Los mosquitos son los reyes de la selva. O las hormigas, capaz. Seguro que algún insecto. Igual las hormigas se dejan comer, y tienen gustito a limón. Al menos las que agarramos con la lengua del árbol.
Del otro lado de la caminata, en otro tramo del río, estaba el bote esperándonos, con Jairo, nuestro motorista estrella, esperándonos para llevarnos a la sombrita a sentarnos y comer. Nos esperábamos otros sánduches, pero nos repartieron unas vianditas con arroz, ensalada, y unos porotos con carne picada. Excelente. La mejor parte para Inés: no tenía banana. Aunque nos dieron banana de postre.
Fuimos de ahí a otra parte, donde vivía gente más joven, entre ellos la familia de Jairo. La sobrina, en particular, se asustó de mi barba, y se puso a llorar.
Ahí nos mostraron todo el proceso de desenterrar la yuca, plantar la planta de nuevo para que crezca, y luego cocinar una especie de pan que hacen con eso. La raíz se pela, la rallan, luego la exprimen para sacarle toda el agua, luego la tamizan. Eso deja una especie de harina gruesa. El agua no se desperdicia, luego la pueden usar para hacer una especie de guiso, o para preparar condimentos con ajíes picantes. Con esa harina la esparcen sobre una especie de sartén de barro, y la tuestan de los dos lados. Queda un pan grande y redondo, bien finito. Es seco, pero muy rico. La idea es que preparado así dura como veinte días, si no la yuca se pone fea medio rápido. Ah, también ahí vendían artesanías.
En el regreso paramos a conocer al mono Nacho. El mono Nacho es un monito chiquito, de un año y medio, re simpático. Vino a saludarnos, y estuvo jugando con nosotros. A mí se me subió encima y me estuvo buscando pulgas en la barba. Creo que no me encontró ninguna. Espero que no me haya dejado ninguna tampoco. También estuvo jugando con Inés un rato. Era re simpático, aunque me parece que en parte es para que le diéramos bananas, que finalmente tuvo. Una vez que supo dónde estaban las bananas no fue tan fácil sacarlo del barco.
Volvimos al lodge y estuvimos nadando un rato en el río. Bueno, yo nadando, Inés tomando mate sentada en la escalerita. El agua estaba excelente, y no había demasiados bichos asesinos.
Después de eso cenamos, otra vez la cena excelente, y después salimos a pasear por el bosque circundante, buscando ranitas y arañitas. Encontramos más arañitas que ranitas, e incluso vimos un ratón que se escondió casi en seguida.
Ahora estamos por irnos a dormir. Inés está medio desesperada porque hoy se tomó el último mate hasta que volvamos. Mañana nos levantamos a las seis para una caminata, luego a desayunar, y luego a una laguna a pescar y nadar. Después del almuerzo no sé cuál es el plan, pero vamos a tener compañeritos nuevos. Espero que no sean como Mamerto (¡qué idiota es!).
No sabemos cuándo vamos a volver a escribir, pero igualmente eso no es relevante para ustedes, porque lo van a recibir todo junto cuando tengamos conexión.