Este post es muy viejo. Fue escrito muchos años antes de la existencia de este blog, y copiado sin mucha revisión. Fue escrito para una audiencia específica, en otra época.
Ayer hubo gente que se quejó de la longitud del post. Para ellos: hoy fui a Teotihuacán, me manosearon tres veces, y me compré unos juegos. Listo, no tienen que leer todo el resto.
Hoy de mañana me quería levantar bien temprano, para ir a Teotihuacán, pero no resultó antes de las ocho. Me levanté, desayuné (banana, yogurt, jugo de naranja, y cereales con leche) y me fui para la terminal de ómnibus.
Llegué, busqué dónde comprar el boleto, y me dijeron que el próximo salía en cinco minutos. Como no conozco el tamaño de la terminal, no supe si era timing perfecto o si estaba llegando tarde. Pregunté, y resultó timing perfecto.
Fui al anden, y para entrar al mismo me manosearon un poco. Cuestiones de seguridad. Luego fui hacia el ómnibus, en la puerta del cual me manosearon de nuevo. Se ve que los del ómnibus no le tienen confianza al manoseador principal y entonces te manosean de nuevo.
Subí al ómnibus, y salimos. El viaje dura un buen rato. Al otro lado del pasillo había dos señoritas que por el acento eran argentinas o uruguayas. Escuché un poco, y resultaron ser argentinas. Aproveché el viaje para escuchar un poco más de podcasts. Estoy casi al día con History of Rome. Es un problema, porque me queda uno de ese, y luego sólo el capítulo monstruoso de cinco horas de Hardcore History, pero ese me lo estoy reservando para el viaje de vuelta.
Finalmente llegamos a Teotihuacán, y empecé la caminata del día. Teotihuacán no es las ruinas de un par de pirámides. Es las ruinas de una ciudad entera. Para todo el tamaño que tiene, son pocos los puntos que hay para ver, pero realmente valen la pena. Obviamente tengo fotos, pero están en la cámara y no traje ni lector de tarjetas ni el cable USB. Así que será en otro momento.
Entre tanto subir y bajar pirámides y caminar de un lado a otro, estaba casi deshidratado, así que cuando bajé de la Pirámide del Sol (la más grande de todas) me propuse ir a buscar agua. Encontré un lugar en que me vendían un litro de agua casi caliente a $20 ($32 uruguayos), pero era lo que había, así que me la banqué y pude tomar agua.
A la salida del complejo de Teotihuacán compré un arma de obsidiana, lo cual va a resultar útil el próximo invierno. Tiene mango de madera y de un lado una cabeza de hacha y del otro una punta de lanza.
Luego de salir del complejo me puse a caminar en el perímetro buscando algo de comer (como recomendaban en internet). Teotihuacán tiene cinco puertas. Las que miran hacia la ciudad de México son la 1, 2 y 3. El ómnibus te deja en la 1, y yo salí por la tres. En cualquiera de las tres pasan ómnibus para volver, supuestamente. Igualmente, como quería comer algo primero, porque ya era como la una de la tarde, empecé a caminar de nuevo hacia la puerta 1. Cuando iba por la puerta dos fui asaltado por dos personas de restaurants diferentes, cada uno con sus ofertas. Elegí al primero que me habló, y me fui al restaurant. Pedí una “comida corrida” (que es como un menú de comida con arroz y frijoles) de enchilada roja. La verdad no era muy rica la comida, pero me parece que más que por lo que pedí era porque no era un lugar de mucha calidad.
Salí de ahí y decidí que ya era hora de volver. Pregunté, y me dijeron que el ómnibus que paraba ahí daba mucha vuelta porque entraba al pueblo, así que seguí caminando hasta la puerta uno. Durante esa caminata fue que me empecé a dar cuenta de que había tomado demasiado sol, pero no había demasiado que hacer al respecto en ese momento.
Llegué a la puerta uno, pregunté dónde paraba el ómnibus, y esperé un rato. Llegó el ómnibus, subimos (aparte de mí había otras cuatro personas esperando), y, a pesar de lo que esperaba, no me volvieron a manosear. No, el tercer manoseo viene más adelante.
Llevábamos unos cinco minutos de carretera cuando el ómnibus se detuvo. Subieron unos policías e hicieron bajar a todos los hombres mientras revisaban el equipaje de las mujeres. Ahí fue que vino el tercer manoseo. También me revisaron el bolsito. Si buscaban armas, no eran de obsidiana, porque no dijeron nada al respecto.
Finalmente llegué a la estación y fui al metro, aunque primero cambié unos dólares porque me estaba quedando sin efectivo. Siempre me pasa lo mismo, pongo mucha plata en la tarjeta, traigo poco efectivo, y gasto más efectivo que de la tarjeta.
En el metro, en lugar de seguir de largo hasta el hostel, me bajé en la estación Zapata, con la intención de ir a La Pirámide, que es un local de juegos de mesa que queda en un lugar medio remoto. No fue fácil, tuve que averiguar dónde tomarme el ómnibus (que se llama camión; imagínense mi confusión las primeras veces que leía u oía de los “camiones”) y averiguar cuál era. No fue fácil porque no está señalizado. El viaje en sí tardó una media hora. Creo que es el momento adecuado para hablar del tráfico mexicano. En una palabra: apesta. En dos palabras: apesta mucho. Hay tráfico por todos lados, y está todo pensado para autos y no para peatones. Cruzar una calle medio importante es toda una aventura. Los semáforos están todos bien altos y sólo apuntan al tráfico. Los peatones la tienen más complicada. A veces hay semáforos de esos de tipito caminando, pero no siempre.
Finalmente pude (gracias a la ayuda de un par de locales) bajarme en la parada correcta y encontrar el local. Es un muy lindo local, espacioso y con buen stock, pero sin mesas para jugar (o al menos no a la vista). Compré Shadows over Camelot, Battles of Westeros, y Mexico Bronco. Battles of Westeros se lo iba a comprar a Erick que me cae re simpático, pero lo tiene en español y no tengo ganas de jugar a Batallas de Poniente. Mexico Bronco es un juego medio sencillote de cartas sobre la revolución mexicana. La calidad de producción es medio mala, y el juego no sé, pero era barato, y si no lo compraba hoy, no lo compro nunca.
El ómnibus de regreso fue más sencillo porque me tenía que bajar en el destino. El problema fue que ya venía medio cargado, y el asiento era un poco incómodo debido a que estaba partido a la mitad. Luego del ómnibus, metro por una estación, y luego entré a cenar al mismo centro comercial de ayer. Comí unos tacos, estaban ricos. Y de postre frozen yogurt, aunque me olvidé de llevar la tarjetita de comprador frecuente. También aproveché que estaba en el centro comercial para comprar una crema hidratante, porque me arde todo.
Ahora me parece que va a ser hora de bañarme, embadurnarme en la crema esa, y dormir temprano.
¡Un abrazo!