Este post es muy viejo. Fue escrito muchos años antes de la existencia de este blog, y copiado sin mucha revisión. Fue escrito para una audiencia específica, en otra época.
Buenas. Primero que nada, lo que vaya mandando va a quedar en http://nachoenmexico.posterous.com/ Por esta vez lo mando a varios, pero después me dejo de spammear y si quieren ver lo pueden ver ahí.
Primero un resúmen rápido del viaje. Salí de casa como a las dos de la mañana, exagerando como siempre. El avión recién salía a las cinco y diez. El itinerario inicial era Montevideo - Lima - México, pero hace unas semanas me llamaron para avisarme que me cambiaban el vuelo, y que pasaba a ser Montevideo - Lima - San José - México. Cuando hice el check-in me enteré del pequeño detalle de que el vuelo Montevideo - Lima era en realidad con escala en Asunción. Así que finalmente el itinerario de viaje fue Montevideo - Asunción - Lima - San José - México. Cuatro vuelos en un día. Mis oídos no pueden resistir más cambios de presión. Por suerte estuve todos los viajes en la fila de la salida de emergencia, al lado de la ventana (el mejor asiento del avión, a menos que el avión se estrelle y tenga que abrir la puerta).
En Asunción no bajamos del avión, sólo nos quedamos un rato. Probé, y tenía roaming, pero no internet, así que no pude hacer check-in en Foursquare en el aeropuerto de Asunción. Hablando del aeropuerto de Asunción, tiene un aspecto militar impresionante. No parece un aeropuerto civil (visto de afuera, claro).
En Lima estuve unas cinco horas, parte de las cuales las pasé buscando el mostrador de TACA, porque el pase de abordaje decía que el vuelo salía a la una y media, pero los monitores decían dos y media. Al final decidí confiar en los monitores. El aeropuerto es menos lindo que la última vez que estuve ahí. Igualmente sigue estando Britt Shop con sus chocolates rellenos de frutos raros, así que ya tengo en qué ocupar mi tiempo a la vuelta. A la ida no iba a comprar cosas, es al pedo, así que me aburrí bastante. Estuve leyendo Chris Crawford On Game Design, y es malo. Nada que ver con el libro anterior del tipo. No escribe muy bien que digamos. Por suerte tengo podcasts atrasados. Igual me embolaba quedarme sentado haciendo nada todo el rato mientras escuchaba, así que debo haber recorrido el aeropuerto unas diez veces. Ah, sí, hubo algo que compré: un adaptador de esos mágicos que siven para todos los países. La próxima vez tengo que verificar qué enchufes hay en el destino de viaje antes de salir.
El aeropuerto de Costa Rica es chiquito y lindo, y la gente es re amigable y el chequeo de seguridad es un embole. Vos entrás y caés directo al área de tránsito, y podés ir a todos los free shops y eso. Pero las áreas de espera para las puertas de embarque son cerradas (bueno, rodeadas por sillas, pero hay guardias), y para entrar tenés que someterte a una revisión del equipaje de mano y a que te pasen un detector de metal. Es re molesto. Eso significa que para entrar a la zona de espera tenés que olvidarte de volver a salir e ir al baño o a una tienda, porque es un embole volver a entrar. Eso a su vez implica que o paseás un poco por el aeropuerto o te quedás sin asiento. Re buen diseño.
Una cosa más sobre el chequeo de seguridad: si llegás a llevar un cortauñas te lo sacan (no sea cosa que puedas secuestrar el avión usando el cortauñas como arma; parece que MacGyver está con Al Qaeda ahora), pero al entrar al avión adelante mío iba una nena de unos catorce años con una bolsa de la cual se veía asomar una hermosa aguja de tejer.
Finalmente llegué a México, y aprendí rápidamente que el primer cambio con el que te encontrás nunca es la mejor idea. Debo haber perdido diez o quince dólares por eso, pero ya era como las diez y media de la noche y tenía miedo de que no hubiera otro abierto. Pedí un taxi y me fui al hostal. Los taxis del aeropuerto te cobran precio fijo por zona, y mi zona era medio lejos (“zona 6”). Me salió 236 pesos, pero a otro que compró pasaje al lado mío le salió cientoypoco. 236 pesos mexicanos son más o menos 370 pesos uruguayos. No es para nada caro.
Llegué al hostal, me registré, y me dieron agua. La cama era re cómoda, todo re lindo. Y me dí cuenta que me olvidé de traer shampoo, jabón, cepillo de pelo, cepillo de dientes, pasta de dientes, etc. Obviamente no iba a salir a esa hora a buscar, así que me acosté a dormir y chau.
Hoy me levanté temprano y vine a tomar el desayuno. Aparentemente, esta mañana éramos sólo dos personas: una alemana y yo. Y la alemana se iba hoy (supongo que ya se habrá ido). El tema es que está reservado para un grupo grande. Creo que algo de teatro.
El desayuno era unos pedazos de melón (que me obligué a tragar porque ya estaban ahí y no sabía si había algo más después), jugo de naranja, y un dedal de yogurt. Cuando ya había terminado con el melón nos ofrecieron quesadillas.
Luego de eso pagué (anoche me vieron la cara de sueño y me dijeron “mañana” cuando quise pagar) y quise reservar para los últimos días (todavía no sé qué voy a hacer, pero seguro que salgo de la ciudad, casi seguro a la playa), pero no pude reservar porque ya está todo tomado por la organización del torneo, así que ya les mandé un mail para pedirles lugar.
Salí entonces a pasear por la zona, hacer un poco de reconocimiento, y ver si encontraba dónde comprar jabón, shampoo, etc. Finalmente encontré un supermercado, no estoy seguro dónde porque en ese momento estaba perdido. El cepillo de pelo que compré era medio horrible, pero igual no duró mucho. Cuando llegué al hostal de nuevo lo saqué del bolso y estaba partido. Excelente. Igual me bañé, e hice lo que pude con el pelo.
Después de bañarme salí con la intención de ir a visitar el museo de León Trotsky. Cuarenta pesos de entrada, más quince por el derecho a sacar fotos. Lo del derecho a sacar fotos es raro, pero igual valió la pena la entrada. Punto malo: me dí cuenta de que me estaba quedando sin pilas en la cámara. Lo otro malo es que me perdí el documental que pasan (empezaba a las once, cuando leí ese cartel ya eran como doce y veinte y estaba terminando, y el siguiente era a las dos, y ya había visto todo el museo).
Decidí entonces pasar a ver el local de juegos El Duende, que es el que sabía cómo llegar (una vez estuviera en una estación de metro, al menos). Le pregunté a la mujer del museo dónde tomar el metro, y me dijo que caminara cinco cuadras, me tomara el ómnibus, y me bajara en la estación de metro. Empecé a caminar, llegué a donde supuestamente me tenía que tomar el ómnibus, y no encontré la parada. Me parece que no están señalizadas. Gracias a la maravilla del GPS y el roaming, pude ver que en realidad no era tanto para caminar.
Al final, resultó que sí era bastante (aunque no demasiado), pero valió la pena, porque en la mitad del camino pasé frente a algo llamado Museo de las Intervenciones, que es sobre las intervenciones militares en la historia mexicana. Empieza con un poco de historia sobre la guerra de independencia, luego tiene sobre la guerra entre Estados Unidos y México, luego sobre Napoleón III y el Imperio, y luego sobre la revolución mexicana a principios del siglo XX. Está muy bueno, y me alcanzó justo la pila de la cámara para terminar con el museo. El lugar del museo era antes un monasterio, así que también tiene cosas relacionadas con eso, y está interesante también, aunque no tanto. A la salida del museo compré un “juego” de la revolución mexicana. Va entre comillas porque es un bingo, pero en lugar de tener números, tiene fotos de la revolución. Es una curiosidad, nada más.
Seguí hacia la estación de metro, y cuando ya estaba llegando me di cuenta de que tenía hambre y de que eran ya como las tres de la tarde, así que paré frente a un puesto de tortas (que no son tortas, sino que son como hamburguesas de carrito pero sin la hamburguesa), y me compré una. Veinticuatro pesos, algo así como cuarenta pesos uruguayos. Más que bien para el tamaño, aunque me parece que en otros puestos capaz que era más barato, aunque esta estaba riquísima. Acá todo es más barato que en Uruguay, en general por bastante. El tipo del puesto me preguntó si le ponía picante, le dije que sí, que si estoy en México tengo que comer picante. Se rió y me dijo que le ponía “poco”. O me estaba re cagando o la comida acá es realmente picante. Igual la sensación de picante es diferente a lo que estoy acostumbrado. Es decir, a pesar de ser muy picante, no me impedía comer para nada. ¿Qué tan picante era? Bueno, después de terminar, seguía sintiendo picante, así que entré al quiosquito de al lado y compré algo para tomar (las opciones eran coca cola, botella violeta, o botella rosada; agarré la rosada, que resultó ser de toronja, estaba rico). Luego de terminarlo fui al metro, compré pasaje, y me subí. El viaje demoró un rato, eran como doce estaciones. Cuando me bajé, todavía me ardían los labios del picante.
Hablando del metro, es barato. El viaje sale tres pesos mexicanos. Eso son menos de cinco pesos uruguayos. Sí, todo es barato acá.
Otra cosa interesante del metro: vendedores ambulantes. La mayoría son los clásicos vendedores de caramelos y esas cosas. Pero hay una subespecie interesante: los vendedores de CDs. Se suben con CDs, una mochila, y un reproductor de CDs portátil, del cual sale un cable que va derecho al parlante enorme que llevan en la mochila. Ofrecen a los gritos la música que venden, y en general alguien les compra.
Finalmente llegué a la zona donde queda la tienda esta. Sabía la calle, que es como que re importante, y el número. Resulta que los números no suelen mostrarse prominentemente. Además, en esa calle los números están todos salteados. Igual, antes de saber esto, llegué a la calle, y elegí una dirección al azar. Obviamente, elegí la dirección incorrecta, porque siempre que es 50/50 elijo la incorrecta. Caminé un par de cuadras, y como no veía números, entré a una farmacia a comprar agua y preguntar. Me dijeron que no sabían, pero que le preguntara a la mujer del quiosco que era de la zona. Le pregunté, y no sabía, porque la numeración estaba toda salteada. Yo buscaba el once, y me dijo “lo que sé es que la torre latinoamericana es el 13”, y ahí dije “genial, me dijo enfrente a la torre latinoamericana, debería haber empezado por ahí”, pregunté para dónde quedaba, y fui para allá. Tres cuadras más luego de llegar de nuevo al metro.
La zona esa está llena de puestos chiquitos de celulares. Imagínense los puestitos de Movistar y Ancel y Cellular Center en los shoppings. Ahora, imagínense un piso entero del shopping lleno a reventar con puestitos de esos. Bueno, eso es lo que hay. Averigüé cuánto salía la Galaxy Tab (la de siete pulgadas), y es mucho más barata que en Uruguay, pero sigue siendo mucho como para comprar algo que ya es casi obsoleto.
Uno de esos edificios tenía, entre los miles de puestos de celulares, un número once en bronce, así que supuse que era ahí, y tras encontrar las escaleras subí hasta el cuarto piso (que eran cinco, en realidad; la próxima uso el ascensor). De todas formas, finalmente encontré El Duende.
Erick, el dueño de El Duende, es re bien, y estuvimos conversando un rato. Lamentablemente, no acepta tarjetas, y no traje tanto efectivo como para traerme miles de juegos, pero parece que sí acepta PayPal. Vamos a ver, igual no compré nada porque no voy a cargar con todo, pero quería ir a chusmear. El local es chiquito, pero lindo. Tiene tres o cuatro mesas, y había unos tipos con cartas de Magic y cuadernos de notas, supongo que en operaciones de compra-venta. En ese mismo edificio hay unas cuantas tiendas de comics, mangas, y esas cosas feas. En una de ellas venden estatuillas de anime en bolas. Los celulares quedaron sólo en planta baja, aunque algunos se desbordaron hasta el primer piso y el entrepiso.
Salí de ahí y me volví, pero a una estación diferente más cerca del hostal. Saliendo de esa estación, había un centro comercial. ¿Qué puede haber de interesante en un centro comercial?, se preguntarán. Aire acondicionado. Eso, y frozen yogurt en la plaza de comidas.
Comprar helado al peso es peligroso, siempre te servís más de lo que debés. Pero estaba riquísimo. Y me dieron una tarjetita que si voy diez veces me dan después uno gratis. CHALLENGE ACCEPTED.
Al final salí de ahí y caminé hasta el hostal, y aquí estoy. Todavía es medio temprano, siete menos veinte, pero estoy cansado, así que quería volver. En un rato capaz que salgo a buscar algo de cenar, y después a dormir temprano, que todavía no me recuperé y puedo meter excusa del jetlag.
¡Un abrazo!