Descubrimiento del Océano Pacífico

Nacho - - Tiempo de lectura 5 mins

Serie: Nacho en México

Este post es muy viejo. Fue escrito muchos años antes de la existencia de este blog, y copiado sin mucha revisión. Fue escrito para una audiencia específica, en otra época.

Anoche después de mandar el mail estuve investigando, y gracias al recepcionista del hotel pude encontrar transporte para Puerto Escondido.

El transporte es una camioneta que sale cada una hora y demora siete horas y algo en llegar. Tiene capacidad para catorce personas contando al conductor, por lo que es algo bastante chico. Igual dadas las carreteras, algo más grande no sería práctico.

Hoy me levanté temprano y me fui en un taxi hasta donde salen las camionetas. Llegué demasiado temprano (tenía lugar reservado a las ocho y media, pero llegué a las ocho menos cuarto). El viaje iba casi lleno, pero en el camino subían y bajaban algunas personas, así que de a ratos iba lleno. Era el único no mexicano, aunque no el único turista.

Al poco tiempo de salir paramos a cargar combustible, y como me dolía la cabeza aproveché para comprar una sprite para bajar el analgésico que me iba a tomar (el otro día, luego de estar horas sin poder dormir por culpa del dolor de cabeza, definí que era buena idea comprar analgésicos para estar preparado). Ya que estaba compré algunos snacks variados, porque no sabía si iba a tener otra oportunidad de conseguir víveres hasta llegar a Puerto Escondido.

Una de las bolsitas que compré era de maníes, y los maníes estaban tostados raros, con ajo, y tenía algunos pedazos de ajo incluso. No eran algo demasiado rico. Igualmente no sé si fue eso, el que 800mg de ibuprofeno es demasiado, o simplemente el excesivo movimiento de la camioneta (la carretera entre Oaxaca y Puerto Escondido no tiene más de diez metros consecutivos de línea recta, creo que esto es por ley), pero mi estómago empezó a ponerse molesto. En varias ocasiones estuve a punto de pedirle al chofer que parara para vomitar, pero nunca llegué a estar seguro de que iba a necesitarlo.

De hecho, creo que lo que me salvó de vomitar fueron las dos o tres pausas que hicimos. La primera pausa fue por un derrumbe. La carretera va todo por las montañas, lo cual significa que un derrumbe corta la carretera. Eso nos obligó a hacer una pausa, durante la cual pude respirar un poco de aire y estirar las piernas un rato. Durante esa espera vinieron a ofrecernos frutas, y las vendían con chile. Casi todos los pasajeros compraron, pero el estado deplorable de mi estómago me impidió sacarme la curiosidad.

Luego de que nos permitieron pasar viajamos durante poco más de una hora de sufrimiento, y llegamos a un comedor donde hicimos una pausa para almorzar. En toda la ruta montañosa hay cada tanto comedores aislados, lejos de toda civilización excepto por la carretera. En este había para comer quesadillas y tasajo (que era como un churrasco finito y se comía con la mano). Una vez más, mi estómago me impidió sacarme las ganas, pero me tomé una coca cola para ver si eso me mejoraba, y me comí una quesadilla de terco nomás.

La coca cola ayudó bastante, y el resto del viaje, si bien fue sufrido, no lo fue tanto como la primera parte.

Finalmente llegamos a Puerto Escondido, y no se pueden imaginar el calor y la humedad que hay acá. Me cargué la mochila al hombro y empecé a caminar en busca de un hotel. Ví varios, pero me quedé con uno que me daba piscina, aire acondicionado, y cable (que no importa, pero igual) por 300 pesos, que son como 480 pesos uruguayos, que no es nada para un hotel con esas características. Había opciones más baratas, igual, pero sin aire acondicionado, y creí que valía la pena pagarlo.

Salí de inmediato a comprar unas chancletas, porque quería ir a la playa. Encontré sólo un lugar que vendía talle 45 (bueno, tampoco busqué tanto), y no parecen ser demasiado buenas, pero sirven.

Volví al hotel, me cambié, y me fui a la playa, y nadé por primera vez en el Océano Pacífico. El agua obviamente era verde y bien transparente. Hay holas grandes, y el agua estaba calentita (lo cual no me extraña dado el día que hizo hoy). Estuve nadando un rato y me volví al hotel, donde me dí cuenta que la puerta había quedado mal cerrada. Por suerte estaba todo adentro.

Hablando de todo lo que estaba adentro, me parece que voy a tener que tirar la bolsa con los chapulines y comprar más, porque están largando olor, y con el calor y la humedad que hay acá, no le tengo mucha confianza al asunto. Igual creo que tengo identificado un puesto en Ciudad de México donde venden, así que no es un problema grave.

Ahora salí a pasear de nuevo, voy a ver si mi estómago me permite cenar. Si no, veremos. Mañana voy a pasar el día descansando, a ver si aflojan las ampollas, aunque dudo que ir a la playa sea el mejor remedio posible. Mi plan para los días que quedan posiblemente sea el martes salir para Acapulco, visitar un poco, y luego el miércoles ir para Taxco (si es que hay transporte, tengo que averiguar), y luego el jueves ir a Ciudad de México y ya quedarme para el torneo.