Este post es muy viejo. Fue escrito muchos años antes de la existencia de este blog, y copiado sin mucha revisión. Fue escrito para una audiencia específica, en otra época.

Supongo que a esta altura ya todos saben que a unos salames se les ocurrió cruzar por enfrente del tren de Desafío al Corazón. No fuimos nosotros. Pero hoy de mañana cuando veníamos en el tren nos llegó un mensaje de Lucía desde Grecia que había visto que había habido uno accidente cerca de Barcelona, y como sabía que nosotros salíamos hoy, y no sabía muchos detalles, preguntaba si estábamos bien. Así que ta, sobrevivimos.

Bueno, yendo nuevamente a las noticias del viaje, la última vez que escribimos estábamos por ir a ver la fiesta de fin de año del nene. Fuimos, la entrada eran abaniquitos (el mío es amarillo). Y la verdad es que las fiestas de fin de año catalanas son igual de boludas que las uruguayas: un montón de padres bancándose boludeces hasta que llega la boludez en la que está su nene. Pero igual creo (y es en serio) que una de las mejores partes fue la obra en la que actuó Nacho. Aunque, claro, no entendimos nada. Y eso que vive en Cataluña y no en el País Vasco (pero no nos adelantemos).

Luego de la fiesta, fuimos a cenar con Rafael y Nacho, y volvimos a comer árabe porque era lo que había abierto. De ahí, derecho al hotel, a dormir.

A la mañana siguiente, nos levantamos bien tarde (como a las nueve) y nos fuimos para Barcelona con todos los bolsos, y dejamos a Rafael y Nacho que se quedaran jugando en Figueres.

Llegamos a Barcelona, y salimos a buscar un hotel; terminamos en uno que era medio caro, pero como la ducha era un despelote no nos importó tanto. Aparte, ya sabíamos que los precios cerca de la estación en Barcelona no eran muy buenos, y como era sólo una noche, no era tan grave.

Nos fuimos a pasear, y paseamos un poco más por la Rambla, que no tiene mar, porque “rambla” aparentemente significa “calle junto al río”. Y antes de que pregunten, no, tampoco tiene río. A menos que consideres como “río de gente” a los montones de personas que había.

Inés se compró pila de ropa (dice que tres prendas, pero era pila desde mi punto de vista, porque tenía que bancarme mientras entraba y miraba; claro que ella después se tiene que bancar cuando entro a mirar jueguitos, así que estamos a mano).

Fuimos también al Arc de Triomf, que es un arco, y ta, sacamos fotos. Y cruzamos a enfrente que vendían juegos, pero no había ninguno de los que realmente quería, y la verdad es que me está empezando a preocupar un poco el tema del espacio/peso en el equipaje para la vuelta. Igual recorrimos un poco más, y terminé encontrando el Khronos, así que lo compré.

Paseamos un poco por la zona del arco, y después decidimos volver al hotel a descargar. Cuando miramos el recorrido del metro, teníamos que hacer cambio de tren abajo de la Sagrada Familia, y como igual teníamos un pase diario, no nos costaba extra salir de la estación y pasar por alguna tienda de boludeces souvenirescas.

Llegamos al hotel, sería más o menos seis o seis y media. Nos bañamos, hicimos zapping, y como era de día todavía, no nos dimos cuenta de que ya eran las diez menos diez. Así que salimos medio a las apuradas, en dirección a buscar algún lugar donde ver algo de la noche de Sant Joan (tomá, va en catalán y todo).

Íbamos hacia el metro, cuando un jóven criminal nos interceptó y nos exigió que le compráramos petardos, porque él era menor (o sea, pobre loco, hasta se arrodilló en serio suplicando que le compráramos), así que lo acompañamos hasta donde se encontraban sus cómplices y compramos petardos para ellos. Las bombas brasileras son mucho más grandes que en mi época… Y ta, supongo que acá no deben ser brasileras. Capaz que son bombas portuguesas. No sé.

El jóven delincuente nos informó a cambio de nuestra colaboración (y firma, que parece que acá hay que firmar para comprar petardos) de que en el arco era donde había cosas divertidas, así que hacia allí fuimos.

La noche de Sant Joan es básicamente la celebración de mitad de verano que nosotros tenemos en Navidad, sólo que bien hecha (porque nosotros somos tan idiotas que tenemos rituales de invierno mezclados con rituales de verano; lo de comer turrón toda la familia junta es un ritual de invierno; tirar fuegos artificiales es de verano). Así que había muchas bombas. Lo que me quedé personalmente con ganas de ver son las hogueras en la playa – igual vi un par en la calle. Pero bueno, teníamos que irnos más lejos, y no nos daba para volver y acostarnos temprano (el tren a Bilbao sale a las 7:35, y si lo perdés no hay otro hasta las cinco de la tarde).

Cenamos por la zona del arco también, y volvimos a comer caracoles, pero estos no eran como los de la otra vez. Los de la otra vez eran de río, o de mar, o algo así. Eran chiquitos y blanquitos. Los de anoche eran el clásico caracol de jardín. Nuevamente, estaban buenísimos, pero no eran iguales. Estos eran más picantitos, pero creo que es por la salsa. También comimos calamares a la gallega, y unas croquetas que si no me hubieran evaporado las papilas gustativas con la excesiva temperatura seguro que estaban buenísimas.

Al volver al hotel, Inés fue muy uruguaya y le regaló el pase de metro diario (al que obviamente le quedaba “día” para usar) a una chica que no estaba pudiendo entrar (tenía pase, pero parece como qeu no se lo leía). Eso que hizo va contra las normas y puede costar una multa de 50 euros, pero no para nosotros, así que ta (Inés acota que lo que yo hice de comprarle petardos a un menor también va contra las reglas).

Hoy de mañana nos subimos al tren y nos vinimos a Bilbao. Y cuando digo tren, lo digo en un sentido muy amplio que incluye batidoras. Se movía para todos los costados ese tren. No pude dormir nada, no por falta de sueño, sino porque el tren me sacudía constantemente. Inés, por supuesto, no sufre tales problemas. Usa la mesita del tren como almohada.

Llegamos a Bilbao, y encontramos un hotel relativamente barato, y que la verdad creo que es el de mejor atención hsata el momento. Así que ta, ahora que empezaba a acostumbrarme al catalán, y a entenderlo, me cambian todo a vasco. Y esto sí es inentendible. Por suerte está todo en los dos idiomas, que si no, no sé cómo hacíamos.

Después agarramos y nos fuimos a Gernika/Guernica. Primero quisimos reservar el pasaje de vuelta a Madrid, pero no pudimos porque la señora de la boletería tenía la computadora colgada. Aparte tuvimos que sacar número, pero no sé por qué no lo usaban. Lo usábamos los que estábamos esperando para organizarnos entre nosotros. Un sistema de turnos numerados autogestionado, una maravilla.

El viaje a Guernica estuvo bien, aunque no teníamos idea dónde bajarnos. Le preguntamos al conductor y nos dijo “la próxima”, así que nos bajamos y buscamos un lugar donde comer. Y comer comimos. Acá se sienten en la obligación de que todo tenga primer plato y segundo plato y postre. Bueh. La cosa es que todavía no tenemos hambre, y ya son las diez.

La comida la tomamos tranquilos, porque total, en Guernica no hay nada para ver, verdad? Sólo el arbol, pensábamos. Hasta que fuimos a la oficina de información turística, y nos dieron un mapa, y nos explicaron a dónde ir y qué ver y hay montones de cosas. Un pueblito de quince mil habitantes, tiene mejor infrastructura turística que Montevideo. Para qué le pagamos el sueldo a todos los salames del Ministerio de Turismo?

Bueno, volviendo al tema, lo primero que fuimos a ver fue el museo de la paz, que está directamente enfrente a la oficina de información. Ese museo es genial. Empieza medio light, pero cuando llegás a la parte en que hay una reproducción de una habitación durante el bombardeo del 37, con relato hablado de una sobreviviente, te das cuenta de la cantidad de cabeza que hay metida ahí adentro. Vale la pena, realmente, así el precio de la entrada fuera el triple (sale 4 euros). Lo que sí es que tuvimos que irnos medio de apuro, porque cuando miramos el reloj ya eran cinco y media y todo cierra a las siete, así que hubo un video que pasan en una sala que no lo terminamos de ver, y el piso de arriba lo pasamos relámpago. Y no fuimos a la exposición temporal, que estaba algo sobre Guatemala. Pero igual así valió la pena.

Lo siguiente sí fue ir a ver el famoso Gernikako Arbola, y la Casa de Juntas (que es como el parlamento de Vizcaya). Es re lindo, y bastante interesante, y lo mejor es el precio de la entrada: grátis. Y tiene un techo que es impresionante realmente.

Luego de ahí nos fuimos a sacarnos fotos frente al mural del Guernica que hay por ahí; supongo que es una parada obligada para cualquiera que pase por Guernica.

Luego subimos muchas escaleras, para llegar a un parque re lindo con unas esculturas y un puentecito. Y de ahí nos volvimos a Bilbao, porque ya no nos daba el tiempo para visitar el Museo de Euskal Herria, que fue lo que nos quedó pendiente. Ganas no faltaron, aunque estábamos re cansados.

Cuando veníamos en el ómnibus de vuelta a Bilbao, vimos que a una cuadra del hotel hay una tienda de juegos. Pero entre que fuimos a la estación a reservar el pasaje del sábado y todo eso, cuando quisimos ir a la tienda ya estaba cerrada. Y bueh, capaz que mañana.

Después fuimos al supermercado, compramos agua, Aquarius (que es un agua con gustito y sales raras), un salame recortado por si más tarde nos da algo de hambre (cenar no vamos a cenar, con todo lo que almorzamos), unas donas para comer mañana, y un pack de seis batidos de fresa de 200ml (ya me tomé los seis que me compré en Figueres). Los batidos de fresa, para los que conocen, son como los Conamigos de frutilla de Conaprole, sólo que mucho más baratos, porque al final el precio de comprar ese pack (que es más caro que comprar la botella de a litro, pero resulta mucho más cómodo) es de poco más de un euro por litro, mientras que en Montevideo te sale 18 pesos el coso de 250 ml.

Y ta, ahora vinimos al hotel y escribimos. Inés consiguió agua caliente (bah, le conseguí yo) y está tomando mate.

Mañana, el plan es pasear por Bilbao, que tenemos varias cosas para ver. Inés tiene una ampolla enorme en el pié, así que no sé cuánto podremos caminar, pero vemos.

El sábado, volvemos a Madrid, de ahí a Villamantilla, armamos bolsos, y nos vamos para Madrid de nuevo, a tomar un avión y volver a Uruguay (con paseo de cinco horas por Chile).