Este post es muy viejo. Fue escrito muchos años antes de la existencia de este blog, y copiado sin mucha revisión. Fue escrito para una audiencia específica, en otra época.
Hoy nos levantamos a una hora impropia totalmente (Nacho a las seis, Inés a las siete, Rafael en algún punto en el medio) y nos vinimos para Granada en el primer tren, que salía a las nueve. Rafael se levantó tan temprano para llevarnos a la estación. Habíamos calculado que necesitábamos llegar alrededor de ocho y media a la estación de Atocha para poder activar el pase Eurail y reservar el pasaje y tomarnos el tren, así que cuando estábamos en un atasco en los accesos a Madrid a las ocho y media, nos resignamos al hecho de que a Granada no veníamos hoy, y nos tomábamos el tren a Sevilla y después veíamos. Pero llegamos nueve menos diez, e hicimos todos los trámites en dos segundos, y llegamos a tomarnos el tren tranquilos y con unos minutos de sobra.
En el tren, yo dormí un rato, Nacho nada. Estrenamos un jueguito (Lost Cities, Exploradores en español) y está simpático y ágil. Es sólo para dos, pero es ideal para este tipo de viajes. Luego de cuatro horas de encierro y dos cambios de vía, el tren llegó finalmente a Granada, y nos pusimos a buscar un hotel que estuviera dentro de nuestras posibilidades económicas. Al final encontramos uno, no demasiado caro, y en el medio del centro de la ciudad.
Descargamos todo en la habitación, y nos fuimos a pasear. Primero fuimos al Albaicín, que es un barrrio que tiene murallas y callecitas angostas. Uno de los principales atractivos es que las subidas son de sólo 45º. Es bastante interesante que muchas calles acá no se llaman “calle”, sino “cuesta”, y el nombre no está mal puesto.
En el Albaicín almorzamos, en un restaurant que el mozo salió a cazarnos, y nos ofreció un menú. Primer plato, segundo plato, postre, bebida. Todo completo. Para segundo plato yo pedí pescado con ensalada, y Nacho, que al igual que yo se imaginó un bife a la plancha con dos rodajas de tomate y una hoja de lechuga, pidió otra cosa. Cuando llegó el pescado, era una montaña de diferentes pescados, aros de calamar, pulpo, langostinos, y no sé qué más. Ah, y algo de ensalada en una punta del plato.
Luego de almorzar, fuimos a los miradores que hay, uno que da a la ciudad y a la muralla, y otro que da a la Alhambra. En este último había mucha gente sacando fotos al otro lado, y del otro lado se veía mucha gente sacando foto para nuestro lado.
Después bajamos bastante, porque hay que cruzar el río y volver a subir para llegar a la Alhambra. Así que bajamos, cruzamos, subimos, subimos, subimos, y seguimos subiendo, y al final llegamos a la entrada, y adentro seguimos subiendo, y paseando, y subiendo, hasta la torre más alta de todas, que estaba en la Alcazaba, que es la parte militar de la fortaleza.
Entre otras cosas visitamos los palacios Nazaríes, la Alcazaba, el palacio de Carlos V, y el Generalife. Obviamente tenemos montones de fotos de todo eso.
Al final se nos acabó la Alhambra, y quedaba poco rato para cerrar, así que salimos, nos comimos un helado Magnum, y bajamos la cuesta de nuevo, pero para el otro lado (fuimos tentados a subirnos al ómnibus y hacer trampa, pero resistimos heróicamente).
Como era la parte llana de la ciudad, la caminata hasta el hotel no fue tan grave, pero nos duelen las piernas.
Llegamos al hotel, nos bañamos, y salimos a pasear un poco, a buscar un bar donde nos dieran tinto de verano (que es un juguito con vino tinto, agua, azúcar, y una rodaja de limón), y tapas. Porque acá la bebida no viene sola, te regalan comida con cada bebida que pidas, lo cual hace que te den ganas de ir y pedir cosas para tomar.
Mañana de mañana salimos en el primer tren para Sevilla, que sale como a las 8 y 20 de la mañana. El plan es estar un par de días en Sevilla, y volver a Madrid para el cumpleaños de Rafael.
Beso a todos y luego les comentamos las novedades