Este post es muy viejo. Fue escrito muchos años antes de la existencia de este blog, y copiado sin mucha revisión. Fue escrito para una audiencia específica, en otra época.
Hoy nos levantamos tempranito (como ya estamos casi que acostumbrados), y luego de que Inés me gruñera por despertarla antes de que sonara su despertador, agarramos las cosas, hicimos el checkout, y nos fuimos a la estación para abandonar Granada con rumbo a Sevilla.
El viaje en tren bien, largo, pero cómodo. Teníamos a dos coreanos sentados en frente, que pensé que capaz que me iban a decir algo porque llevaba mi remera de go. Pero sólo nos dirigieron la palabra para comentar sobre el mal olor largado por un vómito que había en el piso.
Llegamos a Sevilla alrededor de once y media, y ya nos disponíamos a buscar hoteles cuando nos dimos de frente con un local que hacía reservas y nos decía cómo llegar. Por supuesto, seguro que no fue la mejor oferta posible la que conseguimos, pero no era un mal precio (sólo un par de euros más que en Granada) y no era lejos. Así que ya con hotel reservado, fuimos a dejar las mochilas. En el camino, vimos un bar que vendía caracoles, “posiblemente los mejores de Sevilla”, según anunciaba su cartel.
Nuestro plan era tomárnoslo light por este día, así que sólo caminamos más de media ciudad.
Primero fuimos a buscar algo de comer, pero lo único que encontramos era carísimo. Muy rico, pero carísimo. Por suerte no tenían la cocina abierta todavía (era antes de la una y media), así que sólo comimos un poquito de una tabla.
De ahí fuimos a la zona de la catedral y los Reales Alcázares. Pero como era un día light y estábamos buscando el mercado que Paula le comentó a Inés (que resulta que está en Granada y no en Sevilla, cosas que pasan), seguimos de largo (posiblemente vayamos mañana). Quisimos entrar a la Torre del Oro (que me hace acordar a aquel capítulo de Patoaventuras de “mi oroooo”), aprovechando que era gratis porque es martes, pero si bien vimos a alguien entrar mientras nos acercábamos, en el momento en que llegamos ya estaba cerrado. Asumimos que era la entrada incorrecta, así que le dimos un par de vueltas, y finalmente nos dimos cuenta de que no, que estaba cerrado por el día (por “nos dimos cuenta” quiero decir “nos dijeron”). Otra cosa para mañana.
Salimos entonces para la zona de la Plaza España, buscando el mítico mercado de Paula. La Plaza España es una cosa enorme de esas que hacen los países cuando quieren impresionar a los visitantes. En este caso, los que iban a ir a Sevilla para la Exposición Universal de 1929. La verdad, está buenísima. Tiene una escena por cada ciuudad importante de España, ordenadas alfabéticamente, con pinturas representativas de algún momento histórico, con una pequeña reseña explicando. Lamentablemente, la mitad estaba en reparaciones, y sólo llegamos hasta la J. Una lástima, la de Madrid se veía buena (mi teoría es que la escena era el levantamiento del 2 de mayo). Nos sacamos bastantes fotos ahí, pero si bien había un par de vendedores, no era un mercado.
Cruzamos entonces una calle para meternos en el Parque de María Luisa. No sé quién era María Luisa, pero ligó terrible parque. Es enorme, con un montón de glorietas diferentes, todas re lindas y bien cuidadas y limipas. Todavía me siento culpable porque en una de ellas me olvidé la botella de agua (y sí, me la olvidé, todavía le quedaba un poco).
En una punta del parque había una plaza re linda, la Plaza de América, con muchas palomas y un Pabellón Real. Enfrente estaba el Museo Arqueológico, pero no fuimos.
Decidimos que no íbamos a encontrar el mercado por esa zona, y como Inés quería visitar la Plaza de Toros, hacia allá fuimos. El primer tramo del camino fue por una calle que parte el parque al medio, y si bien es prácticamente fuera del parque, sigue habiendo glorietas, como la glorieta Buenos Aires, que cuenta con una estatua de Simón Bolívar. No entendí mucho eso. Es como si Estados Unidos le hiciera un monumento a Stalin en una plaza llamada Alemania. Nada que ver con nada.
También por ahí estaba el Costurero de la Reina, que no es una cajita con agujas, sino un edificio en estilo neo-noséqué, que es una forma linda de decir que le copiaron a los árabes. Pero les quedó re lindo.
Y también el Palacio de San Telmo, que tiene una fachada re linda por afuera, con un cartel hermoso que dice que está cerrado al público.
Al final llegamos a la Plaza de Toros, justo cuando estaba empezando un tour, lo que nos evitó tener que esperar hasta 20 minutos. Durante el tour, aprendimos que no sólo la competencia está totalmente arreglada para que gane el torero, sino que si un toro llega a ganar, lo sacrifican. Y a veces a la madre también. Y eso parece que es normal.
En la plaza de toros, le preguntamos a la guía dónde había un mercado como el que Inés recordaba que Paula había descrito. La mujer nos dió varias opciones, y las marcamos en el mapa. También le mandé un sms a Paula preguntando cerca de qué quedaba.
Luego de indignarnos con esa forma de crueldad contra los toros, decidimos sufrir en persona otra forma de crueldad sentándonos en un bar con autoservicio. Tomamos un tinto de verano, que es la bebida oficial de España (o al menos lo es para nosotros). Entonces vino un grupo de gente y una mujer de ese grupo se me acercó y me dijo “excuse me, “. Cuando le dije “what?” se fue, pero volvió cuando intenté comunicarme, y señalando nuestros vasos dijo “sok?”. Ahí mis circuitos hicieron contacto, y me avivé que hablaba en ruso, pero no pude acordarme de cambiarle la acentuación a “vino” y terminé diciéndole “no, wine”. Mientras tanto otro del grupo desde la barra nos señalaba y le decía al bartender “takoi, takoi”. Finalmente se hizo entender, y sus acompañantes se sentaron y él entró a buscar el pedido, y cuando lo llevó dijo algo como “eta vinó sokom”, que suena a “vino con jugo”, que es bastante acertado.
Luego de ese choque cultural fuimos a mirar un puente, y ahí comimos unos churros. Y llegó respuesta de Paula: no, no era Sevilla, era Granada. No pensábamos volver a Granada sólo para eso, así que seguimos viaje por Sevilla, buscando las plazas que nos había señalado la guía.
En un momento pensamos que habíamos llegado a una de ellas, pero era otra, y tenía algunos puestos con cosas re lindas. Supongo que quiso marcarnos esa y nos marcó la otra, pero no estoy seguro, porque ambas plazas cumplían con la descripción de “frente a El Corte Inglés”.
Inés se compró un par de cosas, y después compramos helado (buenísimo), y fuimos a El Corte Inglés, que es como Grandes Tiendas Montevideo mezclado con Divino y Farmashop y Zara, todo en un mismo edificio, uno arriba del otro. También paseamos por la zona, y al final volvimos al hotel porque estábamos cansados y ya eran como las ocho y media.
Llegamos al hotel y colapsamos sobre la cama, con apenas voluntad suficiente para levantarnos y bañarnos eventualmente. Bah, no, Inés se bañó, y luego colapsó. Yo colapsé, me bañé, colapsé, en ese orden.
Eventualmetne descolapsamos para ir a cenar, y fuimos a buscar el bar del “posiblemente”, para probar los caracoles. Y la verdad que valió la pena, estaban buenísimos. También pedimos una media ración de surtidos (ese fue el nombre que le dió el tipo), que consistía en todo tipo de pescados, en su mayoría cocidos así enteros sin cortar (parece que no les gusta romper la armonía pescadil). Y, por supuesto, tinto de verano. Ah, sí, tenemos fotos de lso caracoles. Pero como somos medio boludos, nos olvidamos de las cámaras en el hotel y tuvimos que sacar con los celulares.

Foto sacada con un celular de alrededor del 2010. Obvio que es mala.
Ahora estamos en el hotel de nuevo, escribiendo sobre el día de hoy. Para mañana, esperamos que sí podamos tomarnos un día light, porque estamos hechos paté, e Inés no para de quejarse de que está quemada (mucho sol, acá hace como cuarenta grados a la sombra, y tampoco es que haya mucha sombra como para ver eso). Tenemos unas cuantas cosas para visitar. Pasado mañana, el 17, volveríamos a Madrid, para decirle feliz cumpleaños a Rafael.